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aaaaaaEL desVELO poetístico-MÍSTICO & perorático-orático DE UN pituco de lo más FLAITE...
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22.12.07





El niño mago…
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Te traigo conmigo a cada paso, irradiado por tu poderosa y natural presencia como la fiereza del viento o el sol vertical...

Cuando te invoco estalla tu magia entre las risas, las locuras y los abrazos tan inmensos en que tu pequeño cuerpo me acoge como a un niño…

He tensado el cordón que nos atrae una y otra vez, pero destella tan dorado que ni las manadas de los más vagos pensamientos podrían jamás cegar la luz que me infunden los pétalos de tus sonrisas tan resplandecientes de candidez…

Cuando mi vista se perdió en el soslayo, tu amor fue un gigante en cuclillas que se encumbró alto, muy alto hasta posarse sobre el horizonte de mi oído susurrando cantos dulces de ternura como los frutos del bosque de tus miradas...

Y en los tiempos en que mi alma ondeó en la penumbra tu voz fue el cascabel de cristal que tintineando a la distancia me atrajo suavemente al eco de tu corazón y con delicadas palmaditas en el hombro me fuiste enseñando que felicidad empieza con fe…
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8.11.07


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De Soledades y capitanes...



Como veréis, desde un tiempo a esta parte, la soledad se me ha antojado como un estado altamente compartible.

¿Y Cómo no va a serlo? Si cuando se perfila ya en la distancia y arremete, a veces tan violentamente, como un tifón, son tan pocos los que osan a permanecer en cubierta, y más pocos aún, los que haciendo acopio de cierto optimismo o inocencia, se hacen al horizonte, mirándola de frente, a ojo desnudo, muchas veces a contraviento. Y bueno, casi no conozco a aquellos que, oteando el punto de fuga, que nos trajo hasta alta mar y no perdiendo jamás el temple, concentramos el coraje en hurgar el sentido, que bien podría ser la explicación de todos los eventos vitales y que obsequia la minúscula trascendencia que entrelaza los filamentos de esta red, en la que nos sostenemos, en embarcaciones flameantes o fantasmagóricas, entre la niebla al alba o bajo el cenit de mediodía, surcando aquellos mares en donde los designios apenas equiparan nuestros ideales, las mismas aguas en las que las coincidencias se vuelven nítidas señales con que el destino ha de señalar nuestra ruta y en las que llevaremos, por siempre, tatuados los lejanos paisajes que forjaron quienes que somos.
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31.10.07


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Desde que no estás, he sentido que la noche fue hecha para oír como el viento juega disolviendo los aullidos de la ciudad arrojados a la hondura del vacío, revolviéndose en la desesperación de no encontrar oídos por donde asirse…

Desde que no estás, he sabido que la noche fue hecha para sobrevivir a cada uno de los montes de tu cuerpo que aún cubren hasta la mitad del firmamento, justo donde los reflejos más tiernos duelen y pesan.

Desde que no estás, he entendido que la noche fue hecha para que te me aparezcas en la lejanía, con tu rostro como un monumento encumbrado y fulgurante atrayéndome con destellos de plata entre temibles sombras, engullentes y ondulantes que reptan entre los débiles asomos de luz que la luna me alcanza a guiñar.

Desde que no estás, he aceptado que la noche fue hecha para caer al más hondo y seco de los pozos de tu distancia y recorrer una y otra vez el dulce sabor del aire que quedó flotando a tu alrededor cuando con violencia arremetí contra ti y tu inocente memoria ya desmanchada, por demasiadas noches de lluvia que te han visto irrumpir penitente.
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26.10.07




Hoy fue noche oscura de lobos...
De andares gachos, palpitantes, ausentes…
De ahogados ruidos fistulizando en la oscuridad, escapistas e incoherentes…

Hoy fue noche lobuna...
De siluetas de marfil despuntando en la penumbra…
De miradas vagas, fortuitas y soslayadas, de pasos anónimos, traqueteantes, persiguientes y alcanzantes...

Hoy fue noche oscura de lobos y la Luna aclaró en lo alto de nubes grises como aparece el fondo de un lago, al calmarse sus aguas…

Hoy fue una noche lobuna y las voces del silencio despavoridas claman por tu nombre en la distancia...
Ya no te busco...

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21.10.07

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xxxxxxxxLa Carretera.

Tu pelo se revuelve desordenado contra el vidrio de la ventana que te sostiene y acaricia, despreocupadamente aunque tan conciente de la seducción con la que me sometes. Tu cabeza pende mágicamente de tu cuello de terciopelo, con tus ojos perdiéndose a la distancia de los paisajes que van desapareciendo velozmente a tu costado. Poco a poco los reflejos de los últimos rayos de sol van rastreando tu silueta y cada cierto trecho se me antoja llamarte sólo para que te vuelvas, sólo para oírte y sentir que ya no te escabulles por entre aquellas dimensiones a las que no me está permitido entrar sin tocar antes a la tensión existente entre tu piel y esta carretera sin nombre que no sabe hacia dónde te llevará...
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9.10.07

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Te he escrito esta carta queriendo arrojarla al mar en una botella.
Aunque tal vez, sólo tal vez, no esté listo para hacerlo, tal vez, sólo tal vez, no me sea tan fácil dejarte ir una vez más.
Y tal vez, tan sólo esta vez, prefiera tenerte tan cerca de mí, como en aquellos atardeceres incandescentes, de olas mansas y estertóreas, aquellos en los que me pediste el mar, y yo busqué para ti el sol oculto, como una perla gigante y en los que bailaban los reflejos dorados en tus ojos libres y tan felices como el día en que los conocí. Cuando caminamos juntos por la arena y bajé mis miradas como para continuar tus huellas por la orilla hasta donde empezaban. Ahora sé, fue para seguirte, en caso de perderte. Quizá imaginando el día en que entraron bullentes las avispas del verano, atizando sus pequeñas y mortíferas mandíbulas contra tu recuerdo, ahincando sus filosas patas, queriendo llevarse lo que con tanta devoción me había traído de ti… Cuando me zumbaron al oído, que al alba te fuiste a nuestra playa escondida y que te quedaste ahí, tan ausente de mí, mirando fijamente nuestro mar y que, abriéndote paso entre los caracoles y piedras, que quisieron retenerte, te fuiste adentrando lenta y suavemente, flotando y desapareciendo para siempre en la oscura y salada bruma, haciéndola tu sagrada estancia, dejando sólo la estela de tu aura en la marea alta, escapando de una vida que ya no te enternecía ni pertenecía… Te fuiste a iluminar desde la fisura mi pesar, a embellecer un mundo distante y cristalino, a vivir entre míticos seres de la profundidad, desde donde nos observan a los que quedamos, como brillantes y ondulantes siluetas recortadas de luz en la altura, y a los que a nosotros, bueno, a nosotros sólo nos queda imaginar. Sigo oyendo tu eco sentado en mi acantilado, proviniendo siempre desde el abismo que nos separa, llevando siempre tu misma sinfonía que me acompaña en la soledad de ti y en el juego de mi memoria en el que quedé dormitando sereno pero atrincherado como una crisálida, forjando mundos enteros internamente, sonriendo dormido, para cuando me llegue tu susurro, despertar y volar libre, ya sin el peso denso y a veces obsceno de mis pensamientos intercurrentes o de gestos no redimidos. Y es por eso que elegí esta playa. Para escapar de tu mirada vítrea, para observarte desde el horizonte infinito de mi océano, a la espera de poder visitarte, sólo cuando no duela, sólo cuando me proteja de tu silencio que a veces rasga y enfría y en que otras… otras me lleva a lo alto de tu abrazo dejándome tibio y con el cuerpo, deforme de extrañar, acariciado por tu aliento que me envuelve como al niño que conociste cuando reímos libres y despreocupados sobre la arena tibia. Aquí, donde vivo y muero todos los días, sentado en la misma roca, de la misma pequeña playa en la que alguna vez soñé tenerte entre mis brazos y en la misma oquedad que sólo el infinito alguna vez nos ofreció.


29.9.07

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El Cepillín
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Ya era tarde y el tiempo para almorzar era algo estrecho.
A pesar de o por no conocernos, mi intención era la de materializar un encuentro que luciese algún rasgo memorable.
La primera vez que nos vimos fue algo así como el re-encuentro con un viejo amigo del que hemos olvidado el cariñoso apodo con que lo llamábamos. Poco a poco, el silencio del desvelo fisonómico fue otorgando el espacio necesario para la plática entrada ya en cierto dinamismo que siempre es agradecida.
Te dije que iba a buscar el auto, fui pensando calmo dónde debía ser nuestro almuerzo tan esperado de hambre y ansia...
EL viaje fue con vistas en movimiento de carreteras grises y montes verdes con algún árbol solitario en la distancia que, creo haber apuntado. Banda sonora francesa y de Cabo Verde. Tú me decías que escuchabas Évora en el viaje hacia acá.
Te imaginé con su canción intraducible de melancolía y soledad mirando por la ventana mientras el paisaje te bailaba como una musa entre la niebla, tenue y fluida.
Conversamos poco, lo justo más bien. Cuando llegamos y bajamos del auto el aire nos empapó de toda la camaradería de provincia y de relajo marino.
La costa nos llamó y la seguimos haciéndonos paso entre el laberinto interminable de colores y de personas desconocidas con caras de amigo que voceaban su picá’.
Te saqué una foto desde ahí, como uno de aquellos quiltros que te vio pasar.
Paseamos por la línea de tren compartiendo largas miradas que escondimos entre la ropa tendida y el reflejo del sol en las olas. Embriagante aroma de verde mar, botes amarillos, cielos azules y pescadores que nos vieron tan extrañados; como nosotros el compartir aquel momento. Nos quedamos así, erguidos y quietos frente al mar observando su marea débil, brillante y espumosa que fue preparando silenciosamente la alquimia que viviríamos más tarde.

Desembocamos por las culebreantes callejuelas hasta quedar frente a frente con el Capitán -como le gustaba que lo llamaran- quizás recordando un tiempo en que fue más felíz y apreciado. En el Barrio chino era “el Cepillín”.
Su fascie era triste, como rasgada por llagas de interminables llantos que nunca encontraron un por qué.
Nos abordó algo brusco, quería que le diéramos la mano, quizás que no se la soltáramos nunca más. Hablaba fuerte y amenazador como un niño cuando tiene miedo.
El brillo perdido de su mirada me hizo buscarlo incansablemente hasta encontrarlo en un sonrisa de esas que se dibujan cuando se pierde la conciencia de sí. Creo recordar cómo me lo agradeció con un ¡salud!

El almuerzo ocupó un segundo piso con paisajes rurales desteñidos e infantiles desparramados sobre la pared. Me gustaron. Me gustó más la compañía.
Brindamos, comimos, más que nada nos comunicamos, escuchamos respetuosamente al capitán, vivimos con él su pena, su cariño y su gloria, nos conectamos con la mirada media nublada de lágrimas que luchan por no ser descubiertas. Me fui al baño cuando comenzaron a jugar al gallito, respiré tranquilo, sentí que te divertías.

Y llegó la hora de tu Bus. Tratamos de explicar sin mucho éxito, por cierto. Él nos abrazó mucho, o al menos lo sentí así…
Quiso ir de copas con nosotros. ¡Qué difícil, Yo también quería!
Lo dejamos confuso y melancólico, achicándose en el retrovisor.

Ya en Concepción nos bajamos para despedirnos, para abrazarnos largamente como asegurando la existencia de aquel extraño mundo, en el que no viven demasiadas palabras para sentirse comunicados y en el que el recuerdo pintado por la memoria lucirá hasta siempre sus Colleras para el papá, Ci-dís, El bote Pituco, Pílsener, torneo de gallitos, Carné de salud mental, y el Espejo con que aún me afeito
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