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Te he escrito esta carta queriendo arrojarla al mar en una botella.
Aunque tal vez, sólo tal vez, no esté listo para hacerlo, tal vez, sólo tal vez, no me sea tan fácil dejarte ir una vez más.
Y tal vez, tan sólo esta vez, prefiera tenerte tan cerca de mí, como en aquellos atardeceres incandescentes, de olas mansas y estertóreas, aquellos en los que me pediste el mar, y yo busqué para ti el sol oculto, como una perla gigante y en los que bailaban los reflejos dorados en tus ojos libres y tan felices como el día en que los conocí. Cuando caminamos juntos por la arena y bajé mis miradas como para continuar tus huellas por la orilla hasta donde empezaban. Ahora sé, fue para seguirte, en caso de perderte. Quizá imaginando el día en que entraron bullentes las avispas del verano, atizando sus pequeñas y mortíferas mandíbulas contra tu recuerdo, ahincando sus filosas patas, queriendo llevarse lo que con tanta devoción me había traído de ti… Cuando me zumbaron al oído, que al alba te fuiste a nuestra playa escondida y que te quedaste ahí, tan ausente de mí, mirando fijamente nuestro mar y que, abriéndote paso entre los caracoles y piedras, que quisieron retenerte, te fuiste adentrando lenta y suavemente, flotando y desapareciendo para siempre en la oscura y salada bruma, haciéndola tu sagrada estancia, dejando sólo la estela de tu aura en la marea alta, escapando de una vida que ya no te enternecía ni pertenecía… Te fuiste a iluminar desde la fisura mi pesar, a embellecer un mundo distante y cristalino, a vivir entre míticos seres de la profundidad, desde donde nos observan a los que quedamos, como brillantes y ondulantes siluetas recortadas de luz en la altura, y a los que a nosotros, bueno, a nosotros sólo nos queda imaginar. Sigo oyendo tu eco sentado en mi acantilado, proviniendo siempre desde el abismo que nos separa, llevando siempre tu misma sinfonía que me acompaña en la soledad de ti y en el juego de mi memoria en el que quedé dormitando sereno pero atrincherado como una crisálida, forjando mundos enteros internamente, sonriendo dormido, para cuando me llegue tu susurro, despertar y volar libre, ya sin el peso denso y a veces obsceno de mis pensamientos intercurrentes o de gestos no redimidos. Y es por eso que elegí esta playa. Para escapar de tu mirada vítrea, para observarte desde el horizonte infinito de mi océano, a la espera de poder visitarte, sólo cuando no duela, sólo cuando me proteja de tu silencio que a veces rasga y enfría y en que otras… otras me lleva a lo alto de tu abrazo dejándome tibio y con el cuerpo, deforme de extrañar, acariciado por tu aliento que me envuelve como al niño que conociste cuando reímos libres y despreocupados sobre la arena tibia. Aquí, donde vivo y muero todos los días, sentado en la misma roca, de la misma pequeña playa en la que alguna vez soñé tenerte entre mis brazos y en la misma oquedad que sólo el infinito alguna vez nos ofreció.

